Homilía

P. Raniero Cantalamessa. Predicador de la Casa Pontificia

P. Raniero Cantalamessa. Predicador de la Casa Pontificia 

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito:
—Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!
¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú, que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.
María dijo:
—Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo. Y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; a los hambrientos los coima de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia
—como lo había prometido a nuestros padres—, en favor de Abrahán y su descendencia para siempre. María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa”.

ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA – 15 de agosto del 2017

Apocalipsis 11, 19a; 12, 1-6a. 10ab; 1Corintios 15, 20-26; Lucas 1, 39-56

SE ALEGRA MI ESPÍRITU EN DIOS, MI SALVADOR

 

Asunción. T. Willeboirts Bosschaert. Museo Nacional de Escultura. Valladolid.

Asunción. T. Willeboirts Bosschaert. Museo Nacional de Escultura. Valladolid.

Hoy celebramos una de las fiestas más bellas de la Virgen: la glorificación de María. Según la doctrina de la Iglesia católica que se basa en una tradición recogida también por la iglesia ortodoxa (si bien no definida por esta como dogma), María ha entrado en la gloria íntegramente, con toda su persona, como primicia, detrás de Cristo, de la resurrección futura.

En todas las demás fiestas contemplamos a María como signo de lo que la Iglesia debe ser; en la fiesta de hoy la contemplamos como signo de lo que la Iglesia será.

Pero, ¿en qué consiste la gloria de María? Hay una gloria de María que podemos ver con nuestros ojos sobre la tierra. ¿Qué criatura humana ha sido más amada e invocada, en la alegría, en el dolor, en el llanto? ¿Qué nombre ha aflorado con más frecuencia en los labios de los hombres? ¿A qué criatura, después de Cristo, le han dedicado los hombres más oraciones, más himnos, más iglesias, más catedrales? ¿Qué rostros, más que el suyo, han tratado de reproducir en el arte? “Todas las generaciones me llamarán bienaventurada”, dijo María de sí misma (o mejor lo dijo el Espíritu Santo de ella) y más de veinte siglos están ahí para demostrar que fue una verdadera profecía.

El Magnificat es un canto de maría, aunque no fuese escrito o dictado a la letra por ella, porque el que lo ha escrito lo ha escrito para ella. Es de ella de quien el Espíritu Santo intentaba hablar. Lo que se dice de los poemas del Siervo de Yahvé, vale también para este poema de la Sierva del Señor.

Grande ha sido la gloria de María en la tierra. Pero, ¿se encierra aquí toda la gloria de María, toda la recompensa por todo lo que ha sufrido por Cristo. La gloria de los hombres en la tierra y en la Iglesia es tan sólo un pálido reflejo de la gloria de Dios. La gloria de Dios es Dios mismo, en cuanto que su ser es luz, belleza y esplendor, y sobre todo amor. La verdadera gloria de María consiste en la participación de esta gloria de Dios, en haber sido envuelta por ella y en haber sido invadida por ella.

Y María, ¿nos ha olvidado desde su gloria? Como Ester introducida en el palacio del rey, no se ha olvidado de su pueblo amenazado, sino que intercede por él, hasta que no sea aniquilado el enemigo que la quiere destruir. Quién mejor que María podría hacer suyas estas palabras de Santa Teresa del Niño Jesús: “Siento que mi misión está para comenzar: mi misión de hacer amar al Señor como yo lo amo y enseñar a las almas el camino de la infancia espiritual. Si Dios misericordioso escucha mis deseos, mi paraíso transcurrirá en la tierra hasta el fin del mundo. Sí, quiero pasar mi cielo haciendo bien en la tierra”.

María intercede. De Jesús resucitado se ha dicho que vive “intercediendo por nosotros” (Rom 8, 24). Jesús intercede por nosotros ante el Padre, María intercede por nosotros ante el Hijo. La mediación de María es, por tanto, una mediación subordinada a la de Cristo, no la ofusca sino que la ilumina. En este sentido la función de María puede ser ilustrada con la imagen de la luna. La luna no brilla con luz propia, sino con la luz del sol que recibe y que ella refleja sobre la tierra, y también María no brilla con luz propia, sino con la luz de Cristo. La luna da luz de noche, cuando el sol se ha ocultado y antes de que nazca de nuevo, y también María ilumina a cuantos atraviesan la noche de la fe y de la prueba, o que viven en las tinieblas del pecado, si se dirigen a ella y la invocan. Cuando por la mañana nace el sol, la luna se oculta para no hacerle sombra; así cuando Cristo viene él mismo al alma y la visita con su presencia, María se aparta como Juan el Bautista: “Ahora mi gloria se ve cumplida; él debe crecer y yo disminuir (Jn 3, 29 s.).

Todo esto es cuanto hace María por nosotros. Y nosotros, ¿qué debemos hacer por ella? Podemos ayudarla a agradecer a la Trinidad todo lo que ha hecho en ella. No podemos darle gloria mayor que continuar haciendo subir desde la tierra su canto de alabanza y de agradecimiento a Dios por las grandes cosas que ha hecho en ella.

Y luego la imitación. Si amamos imitamos. No hay signo mejor del amor, dice san Agustín, que la imitación. Dice el salmista: “Venid, hijos, escuchadme, os enseñaré el temor del Señor” (Sal 34, 12) y lo mismo nos dice María.

Contemplando a María que sube al cielo, recordemos otra asunción al cielo: la del profeta Elías, arrebatado en un carro de fuego, ante los ojos de su discípulo Eliseo. Eliseo le pidió “dos tercios de su espíritu”. Nosotros nos atrevemos a pedir a María, en este día, que todo su espíritu venga sobre nosotros. Que su fe, esperanza y caridad, su humildad y sencillez se vuelvan nuestras. ¡Que tu amor por Dios se vuelva nuestro! “Esté en cada uno de nosotros, decía san Ambrosio, el alma de María para proclamar la grandeza del Señor, esté en cada uno de nosotros el espíritu de María para alegrarse con el Señor”.