Homilía

P. Raniero Cantalamessa. Predicador de la Casa Pontificia

P. Raniero Cantalamessa. Predicador de la Casa Pontificia 

«En aquel tiempo bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.
Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo:
Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.
Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.
Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis.
Dichosos vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero ¡ay de vosotros los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo!
¡Ay de vosotros los que estáis saciados, porque tendréis hambre!
¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis!
¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas».

VI Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo C) – 17 de febrero del 2019
Jeremías 17, 5-8; I Corintios 15, 12.16-20; Lucas 6, 17. 20-26     

 

BIENAVENTURANZAS  Y  “AYES”

 

HomilíaLa página del Evangelio de este domingo, las Bienaventuranzas, nos permite comprobar algunas cosas que dijimos hace dos domingos, sobre la historicidad de los Evangelios. Decíamos entonces que, al referir las palabras de Jesús, cada uno de los cuatro evangelistas sin traicionar el sentido fundamental, ha desarrollado un aspecto en lugar de otro, adaptándolas a las exigencias de la comunidad para la que escribía.

Mientras Mateo ofrece ocho Bienaventuranzas pronunciadas por Jesús, Lucas recoge sólo cuatro. Sin embargo, como compensación, Lucas refuerza las cuatro Bienaventuranzas, oponiendo a cada una de ellas una correspondiente maldición, introducida con una “¡Ay!”. Aún más, mientras el discurso de Mateo es indirecto: “Dichosos los pobres”, el de Lucas es directo: “Dichosos vosotros los pobres”. Mateo alude a la pobreza espiritual (“Dichosos los pobres en espíritu”). Lucas acentúa la pobreza material. Pero, como se ve, son todo detalles que no cambian la sustancia de las cosas. Cada uno de los dos evangelistas, con su particular modo de contar la enseñanza de Jesús, pone de relieve un aspecto nuevo, que, por otro lado, se hubiera quedado en la sombra. Lucas trae un número menor de Bienaventuranzas, pero coge perfectamente el significado de fondo.

Cuando se habla de las Bienaventuranzas el pensamiento se dirige enseguida a la primera de ellas: “Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios”. Pero en realidad el horizonte es mucho más amplio. Jesús subraya, en esta página, dos modos de concebir la vida: o “por el reino de Dios”, o por “el propio consuelo”; esto es, en función exclusivamente de esta vida, o en función también de la vida eterna.

Esto es lo que pone de relieve el evangelio de Lucas: “Dichosos vosotros los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios… ¡Ay de vosotros los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo!”. Dos categorías, dos mundos. A las categorías de dichosos pertenecen los pobres, los hambrientos, los que ahora son perseguidos y puestos en el otro bando por causa del Evangelio. A la categoría de los desdichados pertenecen los ricos, los saciados, los que ahora ríen y los que son llevados en las palmas de las manos por todos.

Jesús no canoniza sencillamente a todos los pobres, los hambrientos, los que lloran y son perseguidos, como no demoniza a todos los ricos, los saciados, los que ahora ríen y son aplaudidos. La dimensión es más profunda: se trata de saber sobre qué cosa cada uno fundamenta su propia seguridad, sobre qué terreno está construyendo el edificio de su vida: si lo está haciendo sobre lo  pasadero, o sobre lo que nunca pasa.

 

La página actual del Evangelio es verdaderamente una espada de doble filo: separa, traza dos destinos diametralmente opuestos. Es como el meridiano de Greenwich que divide el Este del Oeste del mundo.

Pero por fortuna con una diferencia esencial. El meridiano de Greenwich está fijo: las tierras que están al Este no pueden pasar al Oeste, como está fijo el ecuador que divide el Sur pobre del mundo del Norte rico y opulento. La línea que divide, en nuestro Evangelio, a los “dichosos” de los “desdichados” no es así: es una barrera movible que se puede vadear. No sólo se puede pasar de un sector al otro, sino que toda esta página del Evangelio la ha dicho Jesús para invitarnos a pasar de una a otra esfera. Es la suya una invitación a hacernos pobres, pero para convertirnos también en ricos. “Dichosos vosotros los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios”. Pensad: se trata de pobres que ya poseen un reino. Los que deciden entrar en este reino, son ya, desde ahora, hijos de Dios, están libres, son hermanos, están llenos de esperanza de inmortalidad. ¿Quién no quisiera ser pobre en este sentido?