Homilía

P. Raniero Cantalamessa. Predicador de la Casa Pontificia

P. Raniero Cantalamessa. Predicador de la Casa Pontificia 

«En aquel tiempo la gente preguntaba a Juan: –Entonces, ¿qué hacemos? El contestó –El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo. 
Vinieron también a bautizarse unos publicanos, y le preguntaron: « Maestro, ¿qué debemos hacer? El les dijo: –No exijáis más de lo que os está fijado. » Unos militares le preguntaron: — Y nosotros ¿qué debemos hacer? El les dijo: –No hagáis extorsión a nadie, no hagáis denuncias falsas, y contentaos con vuestra paga.
El pueblo estaba en expectación y andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo; respondió Juan a todos, diciendo: –Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego. En su mano tiene el bieldo para limpiar su era y recoger el trigo en su granero; pero la paja la quemará con fuego que no se apaga.
Y, con otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena Nueva».

III Domingo de Adviento (ciclo C) – 16 de diciembre del 2018
Sofonías 3, 14-18a; Filipenses 4, 4-7; Lucas 3, 10-18

 

¡ALEGRAOS  SIEMPRE!

 

HomilíaEl tercer domingo de Adviento está invadido por la alegría. Se llama el domingo laetare, esto es “alegraos”, de las palabras de san Pablo en la segunda lectura: “Alegraos siempre en el Señor; os lo repito estad alegres”. En la primera lectura Sofonías dice: “Regocíjate, hija de Sión; grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén”. En el cántico responsorial este extraordinario vocabulario de la alegría se enriquece aún más con otros términos: “Mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación. Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación”… Gritad jubilosos, habitantes de Sión” (Isaías 12, 2-3.6).

Detengámonos en esta palabra. (El Evangelio continúa el mensaje de Juan Bautista que comentamos la semana pasada). En la poesía El sábado del pueblo, Giacomo Leopardo ha expresado el concepto que, en la vida presente, la única alegría auténtica es la alegría de la espera, la alegría del sábado. Ese es el “día lleno de esperanza y de alegría”; lleno de alegría porque, precisamente, es día lleno de esperanza. La esperanza de la fiesta es mejor que la fiesta misma. La posesión del bien no hace sino crear desilusión y nostalgia, porque todo bien conseguido es siempre inferior a la expectativa; sólo la espera genera alegría viva. Pero, ¿qué es, precisamente, la alegría cristiana en este mundo?: la alegría del sábado que preanuncia ya el domingo sin ocaso que es la vida eterna. San Pablo dice que los cristianos deben estar “alegres en la esperanza” (Rom. 12, 12), lo que no quiere decir sólo  que deben “esperar para estar contentos” (se entiende, después de la muerte), sino que deben “estar contentos por esperar”, alegres ya ahora, por el simple hecho de esperar.

El apóstol no se limita sólo a dar el mandato de alegrarse; señala también cómo debe comportarse una comunidad que quiere dar testimonio de la alegría y hacerla creíble: “Que vuestra mesura la conozca todo el mundo” (Filp. 4, 5). La palabra griega que traducimos por “mesura” significa un conjunto de actitudes que van desde la clemencia a la capacidad de saber ceder y de ser amables, tolerantes y acogedores. Podremos traducirla por “amabilidad”. Es necesario descubrir de nuevo sobre todo el valor humano de esta virtud, que corre hoy el riesgo de perderse. La violencia gratuita en las películas y en la televisión, el lenguaje decididamente vulgar, la competición que va más allá de los límites de lo tolerable en la brutalidad y en el sexo explícito en público nos están acostumbrando a todo tipo de expresiones brutas y vulgares.

 

La amabilidad es un bálsamo en las relaciones humanas. Se viviría mucho mejor en la familia si hubiese un poco de más amabilidad en los gestos, en las palabras y, sobre todo, en los sentimientos del corazón. Nada apaga más la alegría de estar juntos como la rudeza en el trato. “Una respuesta amable”, dice la Escritura, “calma la cólera, una palabra mordaz excita la ira” (Prov. 15, 1). “Una boca amable aumenta los amigos, un lenguaje afable atrae los saludos (Sir. 6, 5). Una persona amable deja una huella de simpatía y admiración por donde pasa.

Junto a este valor humano debemos redescubrir el valor también evangélico de la amabilidad. En la Biblia los términos “dócil” y “manso” no tienen el sentido pasivo de “sometido”, “sumiso”, sino el sentido activo de persona que actúa con respeto, con cortesía, con clemencia para con los demás. La amabilidad es indispensable sobre todo para el que quiere ayudar a los demás a descubrir a Cristo. El apóstol Pedro recomendaba a los primeros cristianos a “estar dispuestos para dar razón de nuestra esperanza” y añadía a continuación: “Pero hacedlo con dulzura y respeto” (1 Pedr. 3, 15s), que es lo mismo que decir con amabilidad.