Para Dios nadie es extranjero

Dios, nadie, extranjero

«Para Dios nadie es extranjero»

            Papa FranciscoLos refugiados son el símbolo de todos los excluidos del mundo. «Los últimos» de la humanidad. Los afligidos y abandonados, «torturados, maltratados y violados en los campos de detención». Pero, para Dios, «nadie es extranjero». No se trata solo de migrantes, son seres humanos, aunque muchos lo hayan olvidado. Es el clamor del Papa al recordar su visita al extremo sur de Italia: la isla de Lampedusa. Justo cuando en Italia la tensión es máxima por la determinación del Gobierno de cerrar los puertos del país a cualquier nave que haya salvado vidas en el Mediterráneo

            Una ceremonia privada, solo para unos 250 migrantes. La presidió Francisco en la mañana del lunes 8 de julio en el altar de la basílica de San Pedro. Participaron en ella, además de cardenales y clérigos de la Curia romana, un grupo de voluntarios dedicados a los salvamentos de refugiados. Un detalle sugestivo, considerando la voluntad del Gobierno italiano de criminalizar a todas las organizaciones que patrullan cerca de sus costas en busca de vidas para salvar. «Cómplices de los traficantes», les suele llamar Matteo Salvini, ministro del Interior y hombre fuerte de la Administración del primer ministro Giuseppe Conte.

            «En este sexto aniversario de mi visita a Lampedusa pienso en los últimos, que todos los días claman al Señor pidiendo ser liberados de los males que los afligen. Son los últimos engañados y abandonados para morir en el desierto; son los últimos torturados, maltratados y violados en los campos de detención; son los últimos que desafían las olas de un mar despiadado; son los últimos dejados en campos de una acogida que es demasiado larga para ser llamada temporal. Son solo algunos de los últimos que Jesús nos pide que amemos y ayudemos a levantarse», dijo el Pontífice.

            Francisco centró su homilía en las personas descartadas, marginadas, oprimidas, discriminadas, abusadas, explotadas, abandonadas, pobres y sufrientes que pueblan densamente las periferias existenciales de las ciudades modernas. «¡Son personas! ¡No se trata solo de cuestiones sociales o migratorias! No se trata solo de migrantes, en el doble sentido de que los migrantes son, antes que nada, seres humanos, y que hoy son el símbolo de todos los descartados de la sociedad globalizada», clamó.

La opción preferencial por «los últimos»

            Jorge Mario Bergoglio quiso evocar uno de los primeros gestos fuertes de su pontificado. Antes de viajar a un país extranjero o a una potencia mundial, antes de recorrer siquiera una gran ciudad italiana, quiso dirigirse, como primer destino, a la zona caliente de la migración africano-europea. Pocos días antes, los medios de comunicación mostraron imágenes de un trágico naufragio cerca de las costas de la isla italiana. «Cuando leí esa noticia, sentí que debía ir», explicaría después el Papa sobre la génesis de aquella gira.

            Casi cuatro meses habían pasado desde su elección pontificia. Francisco quería una visita fugaz, sin actos protocolarios ni festejos que desviaran la atención. Es famosa la anécdota sobre su llamada telefónica a una aerolínea comercial para comprar sus billetes. Finalmente el protocolo vaticano se hizo cargo del asunto. Pero no hubo presencia de políticos, ni lugares reservados a los poderosos. Solo se permitió la participación a la entonces alcaldesa de la isla, Giusi Nicolin, y al obispo local.

            El momento más conmovedor de aquel día, 8 de julio de 2013, se dio cuando el Obispo de Roma lanzó al mar una corona de flores. El silencio hablaba por sí mismo. Ahora, al recordar aquel viaje, el Papa dijo que todos están llamados a consolar las aflicciones de los migrantes y a ofrecerles misericordia, a saciar su hambre y sed de justicia, a hacerles sentir la «paternidad premurosa de Dios» y a «mostrarles el camino al reino de los cielos».

            «Se trata hermanos y hermanas de una gran responsabilidad, de la que nadie puede estar exento si queremos llevar a cabo la misión de salvación y liberación a la que el mismo Señor nos ha llamado a colaborar. Sé que muchos de ustedes, que han llegado hace tan solo unos meses, ya están ayudando a los hermanos y hermanas que han venido recientemente. Quiero agradecerles este hermoso signo de humanidad, gratitud y solidaridad», continuó.

            Su reflexión partió del pasaje bíblico de Jacob, quien soñó una escalera entre la tierra y el cielo, a través de la cual los ángeles suben y bajan. Una alegoría, precisó, de la intervención de Dios en el mundo terrenal, la unión entre lo divino y lo humano.

            Francisco aseguró que el Señor «es refugio para los fieles que lo invocan en la tribulación» y que, en los momentos de prueba, cuando la oración se vuelve más pura, es cuando los seres humanos pueden darse cuenta que las seguridades del mundo valen poco y no queda otra cosa sino Dios, el único capaz de abrir el cielo a quien vive en la tierra, el único que salva.

            Puso como ejemplo al jefe de la sinagoga y a la mujer enferma del Evangelio. Ambos se acercaron a Jesús para pedir liberación de la enfermedad y de la muerte. Él, autoridad civil, buscaba la sanación de su hija, mientras que ella quería sustraerse a un padecimiento que la convertía en excluida, en marginada, en una persona impura. «Pero Jesús no hace distinciones: la liberación se concede generosamente en ambos casos. La necesidad coloca a las dos, a la mujer y a la niña, entre esos últimos que hay que amar y levantar», siguió Francisco.

            Para el Papa, estos episodios demuestran que el cristianismo está marcado por una opción preferencial por los últimos, que han de ser puestos en el primer lugar en el ejercicio de la caridad. Así, ante las «múltiples dimensiones» de la pobreza hoy, llamó a comprometerse con los oprimidos, los marginados, los ancianos, los enfermos, los pequeños y cuántos son considerados y tratados como los «últimos en la sociedad».

            «Me gusta pensar, entonces, que podríamos ser nosotros aquellos ángeles que suben y bajan, tomando bajo el brazo a los pequeños, los cojos, los enfermos, los excluidos: los últimos, que de otra manera se quedarían atrás y verían solo las miserias de la tierra, sin descubrir ya desde este momento algún resplandor del cielo», apuntó.

Un gesto contundente

            No era la primera vez que el Papa dedicaba un gesto especial a los refugiados, pero sí era la primera ocasión en que recordaba con un acto particular su visita a Lampedusa. Un detalle aún más relevante considerando que todos los meses de julio, por tradición, el líder de la Iglesia católica tiene vacaciones y descansa, cancelando todas sus actividades públicas.

            De allí que los observadores hayan asignado un alto valor simbólico a la celebración de Francisco, unos días después de la álgida polémica (dentro y fuera de Italia) por el arresto de la joven alemana Carola Rackete, capitana del barco Sea Watch 3, quien fue detenida por intentar atracar en Lampedusa tras de salvar la vida a 42 migrantes en el Mediterráneo.

            Sobre aquel episodio, el secretario de Estado del Vaticano Pietro Parolin declaró, contundente: «Yo creo que la vida humana debe ser salvada de cualquier manera. Por lo tanto ese debe ser el faro que nos guíe, todo el resto es secundario».