La catedral del Mío Cid, Patrimonio de la Humanidad

Tumba del Mío Cid

Tumba del Mío Cid

Burgos: La catedral del ‘Mío Cid’

            «Patrimonio de la Humanidad con merecimientos sobrados»

            Burgos. La catedral del Mío Cid«Burgos cuenta con una catedral de belleza muy singular entre todas las de España y del extranjero, declarada ‘Patrimonio de la Humanidad’ con merecimientos sobrados»

            «Las cenizas del Cid, universal burgalés, reposan en el crucero de la catedral, bajo el cimborrio, cubiertas por una sencilla y casi imperceptible losa de mármol, con unas palabras que redactara en latín don Ramón Menéndez Pidal»

            «La torre, con sus 84 metros de altura -equivalente a la longitud del templo-, superaba la del acueducto segoviano, haciéndolo además ‘religiosamente’. Es decir ‘en el nombre de Dios'»

            «Las puertas de acceso a la catedral son otras tantas y sublimes obras de arte. Por su amplitud -84 por 59 metros-, el contenido artístico y monumental de las tres naves, crucero y girola, es prácticamente inenarrable e inabarcable»

            «La ‘Escalera Dorada’ trazada por Diego de Siloé, en 1510, es única en el mundo y el Claustro fue construido en el siglo XIV, también es obligado citar su ‘Cristo de la Columna’, que se halla en la capilla del museo catedralicio»

            «Recorrer los caminos del Cid por tierras burgalesas, equivale a proseguir la visita a la catedral, de la que se celebra su octavo centenario, declarado ‘Año Santo'»

            De “pulcra –pulquérrima- , llena de gracia” (en latín, “ pulcra est et decora”), es calificada y reconocida la catedral de Burgos , compartiendo tan celestial designación nada menos que con la de la Santísima Virgen María , tal y como lo salmodian las palabras del arcángel Gabriel que exornan la puerta principal del grandioso templo. En este peregrinar catedralicio, doy por supuesta esta advocación y le presto atención a la condición popular de la “catedral de don Rodrigo Díaz de Vivar, conocido y romanceado como “El Mío Cid”, “El Campeador” por antonomasia.

            Y es que, aparte de que “de Burgos a la mar, todo es necedad”, “la muy noble, muy leal y muy benéfica ciudad de Burgos, Arzobispado, Audiencia Territorial, Capitanía General, “Cámara del Rey”, “Cabeza de Castilla” y “Primera en la voz y en la lealtad”, Burgos cuenta con una catedral de belleza muy singular entre todas las de España y del extranjero, declarada “Patrimonio de la Humanidad” con merecimientos sobrados.

 

Capilla del Santísimo Cristo

Capilla del Santísimo Cristo

Consideración tan ostentosa es indispensable actualizar con los recuerdos de las características que definieron, y definen, la persona del Cid, burgalés de “pro”, y sin el cual, al mismo Burgos y a su catedral le faltaría mucho para ser una y otra cosa.

            Precisamente por eso, y después de largas e indecorosas caminatas, el año 1921 las cenizas del universal burgalés reposan en el crucero de la catedral, bajo el cimborrio, cubiertas por una sencilla y casi imperceptible losa de mármol, con unas palabras que redactara en latín don Ramón Menéndez Pidal:” Aquí yace Rodrigo Díaz, el Campeador, muerto en Valencia en 1099, y su esposa, hija del Conde de Oviedo, de regia estirpe. A todos alcanza la honra por el que en buena hora nació”. (Atrás quedaron los tiempos de su enterramiento en la Capilla Mayor del monasterio de san Pedro de Cardeña, en el mausoleo la capilla de san Sisebuto –rebautizada como “Sala de los Héroes”- , en la casa denominada “El solar del Cid”, en unas dependencias de la Diputación Provincial burgalesa, siempre en disposición de blandir su “Tizona”, “para castigar la osadía de un judío que a hurtadillas pretendía mesarle su barba florida”)

            Y, para mayor tranquilidad de algunos, que conste que el burgalés don Rodrigo jamás fue un iletrado ni un brutal “matamoros”. Era, lo que entonces se decía ”un sabidor en leyes”, esposo y padre ejemplar y tan religioso y cristiano que en uno de los versos de su “Cantar” se refiere que, mientras el cabalgador se santiguaba, “ la cara el caballo tornó a santa María”

            El Cid, diocesano de la catedral de Burgos, fue y sigue siendo desde su “Cantar” y sus hazañas, modelo de cristiano y fiel guardador de la palabra dada. “En santa Gadea de Burgos// do juran los fijosdalgos,/ sobre un cerrojo de fierro,/ y una ballesta de palo…” Este juramento y fidelidad al mismo, exigido por él a Alfonso VI, habría de costarle el destierro…La caridad –el amor- era noble escudo y armadura de Burgos y de los burgaleses. De por sí y por su fe. Burgos fue tenida y considerada como ciudad de la caridad. En tiempos posteriores, la misma santa Teresa de Jesús lo reconoció de esta manera:”Siempre había oído yo loar la caridad de esta ciudad, mas no pensé que llegara a tanto”. Consta que en el siglo XVIII, casi ya en desuso el Camino de Santiago, la ciudad burgalesa contaba todavía con 25 hospitales para peregrinos.

            Y nosotros, y por ahora, sin más referencias cidianas, nos disponemos a visitar su catedral, precisamente coincidiendo con los actos solemnes que hacen especialmente “santo” a este año en el que se conmemora el octavo centenario de la construcción de uno de los templos cimeros del estilo gótico religioso y sublime, por naturaleza, fe y devoción, sin olvidarnos de que este fue construido sobre el otro templo de estilo románico anterior, el de las remembranzas del Cid…

            Fue el rey Alfonso VI, en el año 1081 quien eligió a Burgos como capital del obispado del territorio de cuya provincia actual espiritualmente regido entonces por obispos “secundarios” como los residentes en Muño, Montes de Oca, Valpuesta y Gamonal. Del primer obispo burgalés, que fue don Mauricio, unos piensan que era de procedencia inglesa, y otros que había nacido en Medina de Pomar, aunque todos los cronistas están contestes en reafirmarse en la idea de que poseía plena y activa conciencia europeísta. Rey y obispo decidieron construir una nueva catedral, más en consonancia con las exigencias diocesanas y, por supuesto, en el estilo gótico entonces imperante. Conste que uno de los acontecimientos “religiosos” últimos celebrados en la anterior románica de Santa María, fue la boda del rey Fernando con Beatriz de Suabia, el 30 de noviembre de 1219. Pasados dos años, el 20 de julio de 1221, estos reyes y el obispo colocaron la primera piedra de la nueva catedral, en la que habría de trabajar “un equipo de 60 arquitectos, a las órdenes de un tal Enrique y un Juan Pérez.”

 

Escalera dorada

Escalera dorada

La piedra para su construcción se extrajo del pueblo de Hontoria de la Cantera, desde el que organizó durante años un “puente carretero” que era permanentemente recorrido en prestaciones gratuitas y con pingües limosnas, por fervorosos cristianos. La obra creció con tal fe y brío, que, admirados los cronistas, certifican que en 1230 era inaugurado el culto en la cabecera de la cruz latina, muriendo don Mauricio en 1238. Consagrado el edificio en 1236, no se consideró concluida la catedral en su totalidad hasta el siglo XVIII.

            La fachada principal- de Santa María o “Puerta Real”- constituye un conjunto alígero de belleza excepcional en el que campean dos ventanales que enmarcan la gran rosa, obra de un desconocido alarife creador de la filigrana del “Sello de Salomón”, o “Estrella de David”, obra toda ella del siglo XIII. Pero curiosamente, -¡lo que son las cosas!- la historia refiere que sobre cualquier otra razón arquitectónica por lo que respecta a la altura, prevaleció por encima de todo un pugilato establecido entre las ciudades de Segovia y la de Burgos, acerca de cuál de las dos poblaciones castellanas disponía de edificios más altos, como señales de identidad y grandeza, ganando siempre la batalla el acueducto romano de Segovia…

            Ante la comprobación de tal hecho, al volver del Concilio de Basilea el obispo burgalés don Alfonso de Cartagena, fichó e hizo llevar con él, al artista que llegaría a ser uno de los más conocidos de su tiempo y de los posteriores, llamado Juan de Colonia. De la primera obra de la catedral que le fuera encomendada, consta documentalmente: “Martes 18 de septiembre del año del Señor 1442 fue puesta la primera piedra de la torre”. Con sus 84 metros de altura -equivalente a la longitud del templo-, terminada a los 16 años de su comienzo, tan afiligranada y alada obra, superaba la altura del acueducto segoviano, haciéndolo además “religiosamente”. Es decir “en el nombre de Dios”

            Las puertas de acceso a la catedral, con sus conjuntos esculturales, son otras tantas y sublimes obras de arte. Sus nombres son la del Sarmental, de la Coronaria y de la Pellejería. El cimborrio octogonal, es de admirar, tanto desde fuera como desde dentro del templo, por sus proporciones y recursos artísticos que en su construcción y decoración emplearon a todas horas del día y de la noche, con reverencial mención cidiana “para cuanto los gallos quiebran albores”

            Por su amplitud -84 por 59 metros-, el contenido artístico y monumental de las tres naves, crucero y girola, es prácticamente inenarrable e inabarcable. Su visita, por turística que sea, se unge de religiosidad, de culto y cultura. Los “ministros” misionados para tales menesteres fueron los más preclaros artistas de la época, obligados por doquier los “peregrinos” a tener que sortear ostentosos sepulcros de prebendados, obispos y todopoderosos señores y señoras feudales.

            En la Capilla del Santísimo Cristo se venera su imagen aureolada por multitud de leyendas marineras, con explícitas referencias a que “se trata de un retrato auténtico de Jesús hecho por Nicodemo al descolgarlo de la cruz”. Lo verdaderamente cierto es que “este poema de dolor y de misericordia” está confeccionado con piel de búfalo y que su antigüedad no es anterior al siglo XIII.

            La Capilla de la Presentación, con su bóveda estrellada y su reja, alberga el sepulcro de su fundador, el canónigo don Gonzalo de Lerma, de quien se dice que llamara “bellaco” en plena liturgia catedralicia, a otro colega del cabildo, por lo que el artista Felipe Bigarny interpretó sus rasgos faciales con tan decidida ironía. Algunos de los cuadros de la Capilla les son atribuidos al Bosco y a Guido Reni. En la Capilla de la Visitación y en su sepulcro de alabastro, espera su resurrección el obispo don Alfonso de Cartagena. En el mismo destaca la flor de lis, símbolo de la familia judía de Pablo de Cartagena, de la que este y su hijo, Alfonso fueron obispos burgaleses. A este se le atribuye la autoría de la redacción indulgenciada del “Ave María” en la que la Virgen era invocada como “¡Madre de Dios y prima de Su Excelencia nuestro obispo, ruega por nosotros pecadores¡”. La Capilla es obra de Juan de Colonia, no estando ausente de su decoración Gil de Siloé.

            Estación sobresaliente, y más visitada, de la catedral burgalesa, es la Capilla del Condestable, obra de Simón de Colonia y en la que trabajaron Felipe Bigarny y Diego de Siloé . Los símbolos y armas de sus fundadores, el Condestable de Castilla don Pedro Fernández de Velasco y su esposa doña Mencía de Mendoza, se prodigan por sus muros, y en el sepulcro de mármol de Carrara. En su sacristía se guardan obras de valor incalculable como la imagen de una Magdalena, de la escuela de Leonardo da Vinci.

            La “Escalera Dorada” trazada por Diego de Siloé, en 1510, es única en el mundo, como lo reconocen con gozo, satisfacción y sabiduría los más preclaros artistas, y a tenor de las imitaciones y copias con que de la misma se registran en la historia del arte.. De entre otras Capillas merecen al menos consideración, cita y visita las de santa Tecla, -de Alberto de Churriguera-, de santa Ana o la de la Concepción con su Retablo Mayor.

            El Claustro fue construido en el siglo XIV, y en una de las capillas del mismo se instala el Museo Catedralicio, entre cuyas obras excepcionales es obligado citar el “Cristo de la Columna” esculpido por Diego de Siloé, al igual que numerosos recuerdos relacionados con el Cid, artesonado mudéjar, tapices flamencos y el cuadro de “La Virgen con el Niño”, de Hans Memling, del siglo XVI. En la Capilla del Corpus Christi se muestra el “arcón del Mío Cid”, al que el poema y la leyenda atribuyen haber guardado el préstamo dinerario de los hebreos Raquel y Vidas, cuyo aval no podía ser otro que la propia palabra dada por el noble castellano.

            Indulgenciada o sin indulgenciar, la visita a la catedral de Burgos -“pulcra est et decora”- quedaría para muchos popularmente incompleta, si al menos no se hiciera leve referencia a las célebres y celebradas figuras articuladas que se encuentran a su entrada, bautizadas con los nombres de “Papamoscas” y su colega “Martinillo”, que forman parte de un curioso reloj. Y es que, el pueblo-pueblo es también catedral, aunque esta sea la de Burgos y del Cid, “Alférez de Castilla”, por la gracia de Dios.

            Recorrer los caminos del Cid por tierras burgalesas, equivale a proseguir la visita a la catedral, de la que se celebra su octavo centenario, declarado “Año Santo”. Dentro de la ciudad, son muchos los recuerdos del de Vivar, Cid o “Mi Señor”. : “yo te calcé las espuelas/ porque fueras más honrado/, cuando fuiste caballero/ en el altar de Santiago”. Estaciones con nombres y apellidos del Campeador en su camino al destierro, por la actual provincia de Burgos, son, entre otras, la Cartuja de Miraflores, monasterio de Cardeña, Hontoria de la Cantera, Cuevas de san Clemente, Arlanza, Salas de los Infantes, Covarrubias, Quintanilla de las Viñas, Retuerta, San Pedro de Arlanza, Santo Domingo de Silos, Carazo, Hortezuelo, Espinaz del Can, Huerta del Rey, Caleruega, Arranzo de Miel… Por todos estos pueblos es fácil encontrar las huellas de obispos, arzobispos y cardenales, abades y abadesas, como las dejadas por Cisneros y por el Lerma quien “para no morir “ahorcao”, se vistió de “colorao”.

            Por estos andurriales, se escuchan todavía cantares como estos: “Oficio noble y bizarro/, entre todos, el primero/, pues en las artes del barro/ Dios fue el primer alfarero/ y el hombre el primer cacharro”. “EL ciego sol, la sed, y la fatiga/. Por la terrible estepa castellana / al destierro con doce de los suyos/-polvo, sudor y hierro/ el Cid cabalga”. “Río Duero, río Duero/ nadie a acompañarte baja, / nadie se detiene a oír/ tu eterna estrofa olvidada”. ”A menguar pronto comienza/ quien se queda en un lugar”. “A Dios os encomiendo/ e al Padre spirital,/ agora nos partimos/ Dios sabe el ajuntar”. ”A ti le agradezco / que cielo e tierra guías/¡Válenme tus virtudes,/gloriosa Santa María!”